Nuestro domicilio real: La Tierra

El mundo está viviendo una situación muy difícil debido a la pandemia COVID19, y de las cosas que más complican la situación es que el enemigo no se manifiesta abiertamente, ya que la velocidad o la manera de propagación del virus en algún momento, necesariamente se vuelve exponencial y además por la particularidad del muy alto número de casos asintomáticos debido a los cuales no es posible identificar a este enemigo. ¿Cómo te defiendes de esto?

Tener que estar resguardados en nuestros hogares, en todo el mundo, ha dado lugar a que se presenten hechos maravillosos como, por ejemplo: Los canales de Venecia con aguas totalmente limpias y hasta con peces; en las playas de Acapulco, Guerrero se recuperó el azul turquesa de la bahía; incluso se observó a un jaguar que se pasea por el estacionamiento de un hotel en Cancún, Quintana Roo, entre muchos otros.

Esta es la otra cara de la moneda que debemos observar y que, dicho sea de paso, es el objeto del presente artículo.  Analizar estos otros efectos que por consecuencia ha traído la pandemia.

¿No será que realmente los seres humanos estamos invadiendo espacios que no nos pertenecen? ¿No será que como en los casos de huracanes o lluvias torrenciales, las aguas simplemente buscan su cauce natural y entonces arrastran construcciones o instalaciones puestas por el hombre?

¿No será que esta pandemia nos está gritando que cuidemos nuestra casa?  Hemos estado enclaustrados, encerrados en nuestros espacios; donde desafortunadamente en muchos hogares, se han presentado situaciones de violencia intrafamiliar, situaciones de incomodidad, de hartazgo y hasta de afectaciones de tipo psicológico, pero también en muchos casos, nos hace reflexionar y valorar las posibilidades de tener un lugar donde vivir.

¿Será que nuestra casa no se encuentra realmente en Blvd. López Mateos #789 en León o en Allende #39; en Yuriria o en la ciudad de Venecia, o en Monterrey, Nuevo León, etcétera?  Porque toda la gente está ansiosa por salir a los diferentes espacios que siempre ha acostumbrado.  Parece que esto demuestra que nuestra real y verdadera casa es nuestro planeta; al que entonces debemos tratar con consideración, cariño y respeto.

Tal vez es momento, entre otras cosas, de dosificar la “siembra” de asfalto y de concreto en el mundo; concreto y asfalto que para el planeta (dijimos nuestra verdadera casa) vienen siendo como heridas permanentes, que no van a cicatrizar y que causan daños irreversibles.

Desafortunadamente la memoria de los seres humanos tiende a ser muy débil o muy flaca y después de pasar algún evento difícil (que nos mueve a la reflexión), se nos olvida fácilmente. ¿Será necesario que la vida nos tenga que golpear siempre tan fuerte como con esta pandemia para hacer lo que a la naturaleza, y por ende el ser humano, le de una mejor calidad de vida?

María Soledad Ledezma Constantino
Secretaria de Ecología y Medio Ambiente

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